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Llanto de ceiba

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Por Diogenes Pino Ávila
Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol. Martin Luther King
Todos los días, con los primeros rayos de luz del incipiente sol madrugador, me levanto y salgo a la calle, y desde el frente de la casa observo la ceiba que adorna el parquecito que queda cerca de mi vivienda, ella me saluda desde su imponente estatura, y pienso que sus ramas extendidas en las alturas son los brazos amorosos que invitan a la vida bajo el concierto que dan los gallos saludando al nuevo día.
Como siempre, hoy me levanté igual e intenté admirar la obra del Gran Arquitecto del Universo. Viendo despuntar el día, el clarear de la penumbra de la noche, pensé extasiarme de gozo viendo nacer ese sol juguetón que se asoma a lo lejos, en la serranía, y que va apareciendo cerca de mí escondido tras el ramaje de la ceiba del parque.
La sensación de hoy no fue igual, la visión que tuve fue fantasmal. La ceiba en el mismo lugar, erguida como siempre, con sus brazos abiertos en un saludo, ya no de alegría y bienvenida, hoy su saludo fue triste y apagado. Fue un saludo agónico, una despedida, un adiós de amigo que se va, que agoniza, que muere lentamente ante los ojos de quien lo ama, de quien lo estima y valora. La ceiba está triste, enferma e irremediablemente condenada a muerte. La miré con nostalgia y lamentándome de su melancólica agonía, intenté interpretar su moribundo lenguaje. Desesperada y con la afónica voz del moribundo me contó su historia:
Nací en el mes de diciembre de 1.990, de ello hace 27 años, el pueblo se alistaba para festejar el ya Famoso Festival Nacional de la Tambora y la Guacherna, se escuchaba a lo lejos el dum dum de una tambora que invitaba al jolgorio, los muchachos del barrio, en tu compañía, sembraban plantas ornamentales en el recién reconstruido parque que ha sido mi morada por tanto tiempo. Uno de los muchachos, Wilman, si mal no recuerdo, salió por el portón del patio de una vecina (La Chacha), él me llevaba en brazos, yo estaba de meses, iba asustada, me acababa de arrancar de mi sitio de nacimiento, no sabía sus intenciones. Cuando cruzó la calle y me acercó al parque donde tú dirigías la actividad ecológica de los muchachos, nos miraste curioso, bajo las lentes vi tus ojos castaños y noté en ellos el deseo de no aprobar mi traslado. Te acercaste lentamente, miraste a Wilman y luego posaste tus ojos en mí, fueron instantes eternos, tu escrutinio terminó con una sonrisa, giraste la vista alrededor del parque y luego dijiste «Siémbrala aquí» y señalaste un sitio a pocos metros de la propia esquina.
Desde entonces he vivido aquí, donde ordenaste que me plantaran, mi oficio siempre ha sido, purificar el aire del barrio, saludar al humano que pasa, escuchar las conversaciones de los que se sientan a mi lado, he sido testigo de romances tórridos y de amores incipientes, de parranda y de bohemia. He guardado secretos y confidencias, conozco de virtudes y de pecados de muchos de tus paisanos, he sido compañera y confidente del muchacho y del adulto que medita sentado en este parque y jamás he revelado secreto alguno.
¿Por qué estás triste? —pregunte.
Hace unos días—respondió— muy de madrugada, me visitó un hombre, el que de una especie de bolsa extrajo un enorme taladro, me miró con odio y comenzó a violar mi virginidad vegetal, perforó mi cuerpo en varias ocasiones y luego con saña y placer vertió en esos orificios el veneno que me roba la vida. El veneno que me tiene moribunda, sus efectos han sido devastadores, mis hojas se amarillaron y cayeron, mi savia envenenada recorre mi tronco y mis ramas, es un río de fuego que me consume y me condena a morir lenta e inexorablemente.
¡Quién fue ese criminal? —pregunté indignado.
El mismo que envenenó el piñón que acaban de derribar, pero el solo es la mano ejecutora, el verdadero criminal se esconde tras la hipócrita máscara de hombre de bien.
Solo atiné a decirle como consuelo las sabias palabras de Flora Tristán: “Dos cosas que me llaman la atención: la inteligencia de las bestias y la bestialidad de los hombres” y terminé llorando con ella, pobre ceiba moribunda.

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