Bombardear niños es un crimen

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

    Estamos como siempre, nuestro país se debate en un discurso de izquierdas y derechas, en que siempre pierde el pueblo. Los últimos acontecimientos son los ocurridos en el departamento del Guaviare, donde el ejército colombiano bombardeó un campamento de las guerrillas disidente de la antigua FARC, y donde murieron al parecer 8 niños (Los medios de izquierda, recogen versión de pobladores de San José del Guaviare donde llevaron los cuerpos y dicen que posiblemente hay más niños muertos).

    Este lamentable y bestial bombardeo ha encendido la polémica sobre si el ejército debió o no bombardear dicho campamento a sabiendas de que había menores en él. La llama se aviva con las desafortunadas palabras del ministro de la defensa que sin pudor ninguno sostuvo que esos niños “Eran una máquina de guerra”, lo que al parecer trata es de legitimar lo que la izquierda y la mente civilizada del país a vista del mundo es un crimen de guerra.

    La derecha “pura sangre” tercia en el debate acotando que, si bien eran niños, estaban alzados en armas desconociendo lo que los intelectuales y defensores de Derechos Humanos sostienen, que, si bien estaban en un campamento guerrillero, lo estaban por haber sido reclutados por la fuerza de parte de los sediciosos, lo que también es un crimen.

     Sin embargo, los medios de comunicación de circulación nacional y los noticieros de la televisión, tocan la noticia en una forma muy tangencial, sin mayor análisis, sin ahondar en el desarrollo y la degradación del conflicto y, sobre todo, se nota a las claras que la intensión es tapar el posible escándalo de proporción internacional que sobre vendría con tamaña bestialidad.

     Es que no se justifica, que un país como el nuestro que gasta miles de millones de pesos en la guerra interna que tenemos y que dentro de ese abultado presupuesto hay un grueso rubro destinado a la inteligencia, que no es otra cosa que la filtración y descubrimiento del accionar criminal de los grupos alzados en armas, no tiene razón para que esa cara inteligencia no supiera de la presencia de niños en ese campamento. No tiene lógica que el ejército no sepa discernir sobre la presencia de guerrillas y bandidos en un sitio donde también hay niños y no diferenciar que su accionar no puede ser igual que cuando no hay civiles y mucho menos cuando hay menores.

     Lo peor de la degradación de esta guerra no solo es que el mismo Estado asesine menores de edad buscando asesinar a los bandidos alzados en armas, lo peor, lo grave es que personas civiles, ajenas al conflicto justifiquen estas muertes aduciendo que eran guerrilleros o como dijo el ministro “máquinas de guerra”. Esta afirmación y justificación a mi modo de entender es de por sí un crimen mayor que el cometido con las bombas, pues estaríamos banalizando el crimen de Estado, justificando los desafueros del Estado.

     Hay que condenar por igual, con la misma severidad al que bombardea niños y al que los recluta a la fuerza. Esos niños en la flor de la vida, que debieron estar en un colegio aprendiendo y formándose para una vida sin violencia, fueron arrastrados por manos criminales que los arrancaron de sus humildes hogares para prepararlos para la guerra sin importar para nada el sufrimiento de esos menores y el sufrimiento y pena de sus padres y familiares. Reclutados a la fuerza para encontrar la muerte de manos de quienes legalmente deben protegerlos, de manos de quienes la sociedad civilizada esperaba los liberara de sus captores pero que no los asesinara.

    De seguir esta justificación, no estará lejano el día en que por capturar a cualquier bandido atracador tu familia sea baleada en el interior de su vivienda por que el bandido perseguido se metió a ella y argumentaran que tu familia también era culpable por haber dejado la puerta de la calle abierta. De seguir así estamos a un paso de la degradación total como sociedad, lo que avergonzaría a nuestra descendencia al ver que sus mayores faltaron a la ética y la civilidad y que apostataron de las sanas costumbres que la tradición no había legado.

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