De marchas, paro y violencia

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

    La situación del país es grave, sumamente delicada, los ánimos se caldean día a día, la gente muestra rabia, impotencia ente tantas injusticias. El desempleo, la falta de oportunidades y de estudio para esta juventud, es parte de la pólvora que como mecha lenta avanza en el descontento popular que se muestra en el paro y en las marchas que es el escenario visible del paro, que a su vez es la pantalla gigante donde se muestran los problemas generales del país.

    Esta juventud nacida y criada bajo el influjo de una sociedad tecnológica avanzada y que, aunque los que somos mayores no lo creamos, ellos nuestros hijos, nietos y sobrinos, versados en el uso de la Internet y el manejo de las redes, valoran y consumen información, esa que los medios tradicionales que nutrían nuestra juventud del pasado, no hacen ahora. Nuestros jóvenes desechan la prensa tradicional y los editores de esos medios, pues esos medios, siguen actuando como lo hacían en décadas pasadas, filtrando y tergiversando los hechos que presentan con el propósito de ocultar o distorsionar la verdadera historia de lo que ocurre.

    Nuestros jóvenes no tragan entero, ellos, si bien es cierto, toman decisiones mucho más rápido que nosotros los mayores, aunque no nos guste, tienen claro su problema de falta de oportunidades, identifican al gobierno y a al Estado como un represor, máxime si al salir a las marchas son gaseados, y aporreados inmisericordemente por los que constitucionalmente deben protegerlos a ellos y su derecho a protestar. Para ellos no es noticia los vándalos pues no ignoran que los hay, lo que los enardece es que se generalice y que sea el gobierno y las fuerzas del Estado el que les etiquete de tal manera, el joven sabe que no lo son, sabe que, si hay, pero sabe también que hay infiltrados de grupos desconocidos, incluso agentes del mismo Gobierno generando el caos para desnaturalizar la protesta.

    El joven sabe que hay agitadores profesionales, y que estos son de izquierda y de derecha que buscan que la masa salga “verraca” a la protesta para que haya la confrontación. El joven sabe que, por arriba, muy por arriba en esa pirámide social excluyente, también hay agitadores profesionales, pirómanos que no incendian carros, pero que incendian el alma de los violentos, escanciando odios y rencores que se traducen en ordenes de matar, asesinar, desaparecer, apedrear, incendiar, insultar, vituperar.

    El joven sabe que los indígenas tienen justo reclamos de siglos de abandono y sojuzgamiento y que se manifiestan en los paros, el joven sabe que esa cultura milenaria de nuestros pueblos ancestrales tiene su valor, el joven conoce que su guardia indígena no porta armas, solo un bastón donde representan su autoridad y dignidad, por ello van confiados cuando la guardia indígena va a su lado protegiéndolos de los infiltrados y los vándalos. El joven sabe que si nuestros indígenas derriban una estatua de un español erigida en una plaza de ciudad o pueblo lo hacen como un acto simbólico de justicia y dignidad con sus ancestros.

    No podemos negar que hay una puja de poder, entre el poder del gobierno y la clase adinerada que dirige al país secundada por arribistas y políticos que se creen situados más arriba de donde realmente están en la pirámide social, por un lado y por el otro el liderazgo de sectores que representan al pueblo, llámense políticos de izquierda, sindicatos y pueblo-pueblo. Es en esa puja donde la balanza se descompensa pues el paro y las marchas avanzan desarmados mientras que el gobierno y sus representantes observan desde la televisión o Internet como las tanquetas, policías y soldados (que también son del pueblo) avanzan enardecidos a reprimir a esos muchachos y en la refriega se hieren y se agreden entre si con un odio visceral nacido de la misma violencia que alimenta la confrontación.

    Hay muertos, desaparecidos, heridos, torturados, detenidos. Hay gente infiltrada disparando a matar, agrediendo. Hay gente vestida de blanco disparando armas automáticas contra las marchas, y esos sicarios escapan en carros de alta gama y se resguardan en barrios exclusivos después de vandalizar, herir, asesinar, después de enardecer a los marchantes en una clara invitación al odio y a la violencia. Considero que hay que dialogar, pienso que hay que repensar la protesta, opino que el gobierno debe evitar esos métodos copiados del Chile de Pinochet o de la Argentina de Videla. Creo que el discurso debe ser menos virulento. Hay la necesidad urgente de un dialogo civilizado y de escuchar el clamor ciudadano antes que se desborde y se generalice la violencia.

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