José de Dios Quintero Patiño

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SE ACABÓ EL RECREO

Por Óscar Hernán Pallares Ropero

LAS ESTADÍSTICAS NO TIENEN ROSTRO NI CORAZÓN

     Con esta frase quise llamar la atención a quienes me escucharon en el Conversatorio que sobre el Suicidio en Adolescentes organizó la Universidad Abierta y a Distancia, UNAD; las estadísticas dije, son frías e impersonales si no llevan asociado el rostro y el corazón de un familiar o allegado que haya en el intento de suicidarse.

    Por ser solo números en un cuadro Excel a nadie le importa que en Aguachica a la fecha se hayan suicidado 9 personas, una por mes, algunas de ellas adolescentes. Solo nos interesaría si el muerto tiene el rostro de un conocido y lloraremos si es el de un familiar.

    Las autoridades hacen menos. Tienen bien recopiladas las estadísticas, a la vista de todos, pero en el cajón del olvido guardan las acciones de prevención, serias, permanentes y profesionales.

    ¿Cuánto cuesta una vida?, se pregunta Mario Valencia (El Espectador, 10-09-21).

     Algunos creen, afirma, que la realidad consiste sólo en números, estimaciones y proyecciones. Cómodos en una burbuja cuantitativa se atreven a plantear que las vidas humanas son un costo para el sistema. (¿Para Alejandro Gaviria?).

     Eso pasa cuando se cree que es suficiente con llevar registrado cuántos hombres, cuántas mujeres, con qué elemento mortal se quitaron la vida y otros datos y presentarlos en unas gráficas bien diseñadas. “No importa el contexto social, la construcción cultural, solo la tabla en Excel que muestra, con cálculos sofisticados”, qué tantos intentaron suicidarse y de ellos cuántos lograron el objetivo. Cifras frías como la loza donde descansa el cuerpo de la persona, que si se le hubiera prestado atención no estaría ahí.

    A las estadísticas hay que ponerles corazón, rostro y contexto social para que las acciones de prevención engavetadas salgan de esos cajones.

      Aunque la narrativa de estos operadores de datos, dice el economista Mario Valencia, haya convencido a muchos de las ventajas de reducir las medidas de bienestar, es cada vez más evidente que están en un profundo y consciente error.

     Cuando un gobierno busca maximizar los beneficios económicos (eficiencia y eficacia, se sermonea) a costa de reducir costos en la atención primaria de prevención del suicidio en los colegios, iglesias, juntas de acción comunal, otros; lo único que se conseguirá es que los jóvenes continúen con la ideación de suicidarse como solución a múltiples problemas emocionales, sentimentales, de pobreza extrema, disfunción familiar, acoso, bullying escolar, maltrato sexual, etcétera.

    Concluyo con la conclusión de Mario Valencia en su columna ¿Cuánto cuesta una vida?: “La construcción de un entorno propicio, la reproducción biológica, garantizar una crianza adecuada y entregarle al mercado mano de obra, es una labor costosa que alguien en la sociedad debe asumir. Si no se hace, desaparecen las condiciones óptimas de la reproducción y el mercado no recibe las personas necesarias para que el aparato productivo funcione. Las máquinas no se fabrican solas, no se operan solas ni se hacen mantenimiento a sí mismas. […] Seguir pensando en costos y no en personas nos está llevando a una catástrofe social y ambiental que nunca terminaremos de lamentar.

PRIMER RECREO: Los colegios estuvieron mucho tiempo esperando que el departamento del Cesar contratara la prestación del servicio de aseo para poder planear el retorno a clases presenciales. A juros nombró unos cuantos auxiliares para que cumplieran dichas funciones. Ni siquiera el mínimo requerido; más requeridos hoy por la pandemia, pero nombró a algunos. Pero cuando se creía que empezaba el camino del regreso las aseadoras se declararon en cese de actividades en un reclamo justo porque llevan dos meses sin que les cancelen sus sueldos, tampoco les han entregado los uniformes y menos les han entregado elementos de bioseguridad.

¡Qué vaina con el departamento! Cuando no es por el roto es por lo descocido.

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