José de Dios Quintero Patiño

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¿Maestros o profesores?

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

       Debo decir que en la vida uno es sujeto de moldeamiento y cambio y que todo comienza desde el hogar, continúa en la escuela y el colegio, la Universidad, el entorno y la vida misma que enseña, golpea con experiencias y premia con los aciertos, la sociedad en sí, es educadora del individuo, pero una educadora poco premiadora por su selectividad. En fin, el individuo se forma a partir de estas personas y medios y puede, asumir en la vida un papel de sumisión el uno, el otro de rebeldía, un rol de gregario o de líder, eso marcará la vida y el futuro del individuo.

    Debo decir que mi aprendizaje estuvo a manos de dos categorías, mis profesores de primaria, bachillerato y universidad, que se preocuparon por darme las herramientas indispensables para ver el mundo, me dieron información y algo de conocimientos, los cuales fueron y son importantes, pero hay que decir que también tuve maestros, estos fueron en primer lugar mi madre, en segundo lugar los formadores de la Normal Piloto de Bolívar, que me enseñaron a ser rebelde, a no conformarme con la escueta información que me dan a leer, me impulsaron a ir más allá, a penetrar reflexivamente esa realidad observable y a formarme una opinión sobre ella.

     En mi labor docente siempre he tratado de ser coherente y consecuente con esas enseñanzas, por tanto evito al máximo saturar de información al estudiante, pues soy consciente que la información la encuentran en los libros, las enciclopedias, las revistas, periódicos, en la Internet y en las personas que dominan o entienden determinada asignatura, pienso que hay que privilegiar la construcción de conocimientos, pues en la elaboración de estos constructos, el niño, el joven desarrolla otras habilidades cognitivas, amén de interesarse por temas determinadas que a la postre le ayudarán a definir su verdadera inclinación profesional.

     En estos dos años de pandemia en que se dio la virtualidad escolar y en parte la semi presencialidad, la practica pedagógica nos golpeó con fuerza, pues la atipicidad de la ocurrencia en el sistema educativo nos llevó a forzarnos, primero a desaprender la forma tradicional de nuestro desempeño docente, abandonar nuestra zona de confort en que pontificábamos como los que sabíamos y juzgar al estudiante como el que no sabía nada, por lo cual imponíamos método y modelo de hacer la clase en el entendido de que el estudiante que no aprendía había que reprenderlo, calificarle con un insuficiente y luego enfrentarlo a una nivelación. Hubo casos en que el educador les repetía las mismas pruebas, el mismo test y el alumno lo perdía una y otra vez, lo que el maestro tomaba como deficiencia del colegial, pero nunca revisaba que la deficiencia partía de él, de su método defectuoso, de su falta de claridad en las explicaciones del tema.

    Desaprendiendo en la práctica, aprendimos que no éramos tan sabios como creíamos y que nuestros educandos no eran tan tontos como suponíamos, aprendimos que tenemos falencias a montón, falencias que podemos superar estudiando, leyendo sobre pedagogía y didáctica, aprendiendo de esos pedagogos del pasado que estudiaron el comportamiento y etapas del aprendizaje humano. Aprendimos que hay que leer sobre la filosofía de la educación, sobre pedagogía. Aprendimos que la Universidad nos da unas herramientas y un conocimiento sobre una disciplina especifica (Matemáticas, lenguaje, biología, filosofía, etc.) pero que la pedagogía y la didáctica son necesarias para que el docente pueda desarrollar su desempeño con eficiencia, y que sin estas no puede ser buen educador.

     Uno de los múltiples problemas que afrontamos fue el de la promoción y repitencia, el de aplazamiento, perdida y nivelación de asignaturas. Este punto nos enseñó que no es lo mismo evaluar que calificar; en algunos casos se calificó primero y cuando nos dimos cuenta de la elevada mortalidad académica nos alarmamos. No éramos consciente del error en que estábamos incurriendo, pues acostumbrados a calificar y descalificar al alumno el profesor no evaluaba, sencillamente calificaba o descalificaba y luego subsanaba subjetivamente con la nivelación, constituyéndose esto, en algunos casos, en una actividad vengativa para sacar los clavos de las heridas que nos había provocado el comportamiento de algunos estudiantes.

      Aprendimos que lo primero era evaluar, es decir, mirar por qué el comportamiento del educando, por qué su mala nota, por qué su desinterés, por qué su indisciplina. En esta labor de evaluación encontramos consumo de drogas, prostitución, alcoholismo, abandono de padres, hogares disfuncionales, chicos y chicas que tenían que trabajar para ayudar a la manutención familiar, en fin, dramas angustiantes de los jóvenes y niños que denotaban o daban explicación a su baja nota.

     Claro está, no quiero exagerar, hubo docentes que no dieron para comprender lo que la atipicidad de las circunstancias nos mostraba y siguieron tercamente con su práctica acostumbrada.

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