Inicio Opinión Ángeles de alas rotas

Ángeles de alas rotas

48
0
Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

Por esas inquietudes de escribidor, de las que me valgo para escapar del tedio aterrador, que circunda a veces la vida pueblerina de este rincón de patria donde nací y vivo, quise un día escribir una definición poética de lo que es un bardo y, me devané los sesos por horas hasta encontrar la idea, la imagen y las palabras precisas y de mi gusto para ello; alborozado lo teclee en mi portátil: Un poeta es un ángel de alas rotas, que cayó del cielo y se reencarna una y otra vez, en humanos escogidos, esperando sanar sus alas para levantar de nuevo el vuelo hacia la eternidad de dónde provino.

Me pareció genial la tal definición y esperando otra chispa en mi escaso ingenio la titulé: «El poeta es un ángel averiado»; todos los días escogía estas líneas, entre decenas de archivos de textos que mantengo como banco de ideas para textos mayores, y después de largos minutos sin que suscitaran en mí la continuación de la idea para desarrollar un tema que satisficiera mi gusto y posiblemente el de mis lectores; terminaba cerrando el archivo lleno de frustración y convencido cada vez, que no era lo suficientemente inteligente como me creía y que por el contrario, como le escuché a mi primo, yo era de “un brutor subido.”
Éstas dos líneas las abandonaba y retomaba como un reto mental que me imponía una y otra vez, pero siempre salía vencido. A mediados de septiembre, mientras mis paisanos gozaban a plenitud las fiestas patronales del Santísimo Cristo, en San Miguel de las Palmas de Tamalameque, andando entre el bullicio, surge en esa algazara, como una chispa, la idea que serviría de disparador para desarrollar ese tema, salí raudo para la casa dispuesto a escribirla; en el camino me detuve a charlar con un pariente y amigo que en cada viaje que hace a mi pueblo me regala su amistad, su amena charla y me premia siempre trayéndome un libro. La charla se prolongó por largo rato y la memoria me jugó una mala pasadas, olvidé la nueva idea y por más esfuerzo que he hecho no he podido recordarla.

Por eso, al III Encuentro de Poetas y Escritores “Aguachica tiene la palabra,” en el que acabo de participar, llegué con las expectativas de analizar con ojo de lince a los poetas y observé a un grupo de Ángeles de alas fracturadas, alegres, alborotadores, ingobernables, de una rebeldía exquisita, de florido verbo y de profundo ingenio; con ellos compartí un abrazo de tres días, mientras “jalábamos patría”. Éramos muchos y a todos observé con detenimiento, tratando en vano de cuadrar mi texto sobre sus alas averiadas.

Éramos 24, los catalogué por grupos: Ángeles alegres, bullangueros, rumberos y con unos versos exquisitos que tocan el alma, (Ancizar Arana, Eduardo Santos Ortega, Eunaldo Amaya, Melvin Enrique Rivero, Luciana Nacimentos, Cristian Camilo Palacios, Ana D, Mejía Dangón y Esperanza Ramos) En otro grupo, ángeles espirituales, trascendentes, de versos sonoros y profundos (Ana Francisca Rodas, Cecilia León, León Fidel Ojeda, Oscar Parra, Oswaldo Carvajalino). Asistieron otros, Ángeles de versos reposados cargados de las imágenes de su pueblo natal Aguachica (Orlando Blanco, Jaime Enrique Otero, María Pacheco). Encontré ángeles sonoros que permutaron la cítara de Orfeo por el violín electrónico, la guitarra y el requinto o pistas de melodías (Diego Ribero, Marilyn Lizama, Cesar Villagran, Génesis Morales y Ángela Ramos).

Pero hubo cuatro, arcángeles castigados por su irreverencia y condenados a su condición de ángeles de alas desgarradas, de locura deliciosa, donde el genio se desborda y se desparrama en forma suave, sutil como el caso de Oscar Toro un ángel de alas destrozadas que fue capaz de tocar, en forma desafiante, “el culo al hombre negro de ojos rojos” mientras contemplaba a Medellín desde un morro llamado Santa Elena. Está Oscar Shoonewolf, ángel de alas rasgadas que avizora bosques de palabras y mundos diminutos como el Liliput de Gulliver, donde habitan musas desquiciadas, que solo él puede ver y escuchar. Tambien María Jenny Cabrera un ángel de alas maltrechas; mujer capaz de edificar una casa sin paredes ni techos que se convertirá en un pueblo de seres escogidos, ángeles de alas rasgadas también, que habitarán la Casa de la poesía de Cali en el parque de los poetas.

Por último, un ángel renegado y de esquizofrenia festiva y contagiosa, un nihilista existencial, iconoclasta irreductible, que, como Bakunin, a lo mejor piensa, que la pasión por la destrucción es, también, una pasión creadora. Esta especie de poeta maldito, conversador alegre, de carcajada fácil, llegó cargado de versos irreverentes; y en un parpadeo de luz, el cosmos le insufló la lucidez poética para descubrir lo que la teología con la fe no pudo y la ciencia por falta de material no abordó y, a lo que la arqueología aspiraba descubrir dentro de siglos en alguna pieza fosilizada. Ese ángel que en su vida terrena lleva por nombre Federico Santodomingo, develó el misterio, en una chiva rumbera entre Aguachica y Gamarra, dijo haber descubierto el genoma angelical. En ese libro helicoide imaginario, descubrió en segundos que los ángeles provienen genéticamente de la misma rama de las gallinas: ¡Tienen alas y también tienen plumas!
Con esto mandó a la mierda mis lucubraciones, arruinó mi texto y me liberó de esas preocupaciones.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here