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Buscando nombres en el santoral.

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

En el Caribe colombiano, era costumbre inveterada la utilización del Almanaque Bristol para consultar el santo del día y así poder nombrar a los niños de acuerdo al santo que festejaba la iglesia católica, esa costumbre se ha ido perdiendo con el tiempo, primero la irrupción del cine mexicano y la ranchera, se pasó de los nombres de los santos católicos a los nombres de los actores y personajes del cine de la época, más tarde con la popularización de la Televisión, nuestras gentes humildes comenzó a llamar a sus niños con los nombres de los actores o de los personajes de las telenovelas y seriados que emitía la televisión colombiana.

Luego vino la moda, no sé traída de donde, de bautizar a los niños con nombres extranjeros, preferiblemente del idioma ingles e incluso de utilizar silabas del nombre del padre y otras del de la madre para dar paso a nombres nuevos. Con la transmisión de los mundiales de futbol, el Caribe colombiano entró por la moda de bautizar a los niños con nombres de futbolistas, casi nunca con nombres de escritores y científicos.

Yo crecí rodeado de mis tías abuelas que portaban nombres sonoros, Felipa la una y Signecia la otra, mi madre se llamaba Bonifacia y sus hermanas, Policarpa, América, Etelvina, Nilda y uno de sus hermanos mayores de nombre Perfecto; por el lado de mi padre, su nombre era Diógenes, de ahí heredé el mío, pero el de mi abuelo paterno llevaba la corona, su nombre era sonoro y extraño, se llamaba Quiterio.

Por el lado de mi esposa, encuentro que su abuelo, un panameño, medio loco y medio poeta trashumante, de nombre José Antonio, bautizó a mi suegro con el nombre de Abdiel y al resto de su prole le puso nombres sonorísimos, como Iluminada Colombia, Emperatriz América y Cálato Vinicio, mientras que mi suegra tenía un nombre más suave, se llamaba Belisa y a mi esposa la llamó Petrona y su hija mayor la bautizó Guillermina.

Cuando abrió las puertas por primera vez el colegio de bachillerato nacional de mi pueblo nos llegó de rector un cienaguero de nombre Efraín Guerrero Miranda, su nombre no tiene nada de raro, lo llamativo de este hombre era su afición por las raíces griegas y latinas y su extraña manía de andar descomponiendo etimológicamente cuanta palabra escuchaba, a los jóvenes de esa época, estudiantes recién iniciados en el bachillerato nos fascinaba decir los nombres para que el nos diera sus raíces, nosotros nos divertíamos mencionando nombres, y el respondiendo: Pánfilo –decíamos—pan = todo, filo = amigo, Biofilo, bio = vida y filo amigo Teofilo, teo = dios filo = amigo Eulalia, eu = buena y lalos = lengua. Nunca podré olvidar cuando uno de mis condiscípulos dijo vivir vecino al señor Atanacio, lo que le causó un ataque de hilaridad a nuestro rector y entre risas nos dijo que ese nombre no era humano pues significaba inmortal y que fijo ahora que sabíamos su significado iba y se moría el viejo y lo iban a culpar a él y entre carcajadas no dijo que A = sin y Thanatos = muerte.

En mi pueblo hay nombres extraños como Ruperto, Baudilia, Casimiro, Diomelina, Casilda, Hipólita, Etiquia, Gratiniano, Próspero, Bienvenido, Anunciación, Írmina, Reyes, Sixto, Wenseslao, Wastín, Ermides, Remigio, Casimiro, Ladislao, Yusilovsky, Lida, Kennedy, Lleras, Antiope, Eufrasia, Fidelina, Leonidas, Donelis, Carbilio y tantos otros que mi flaca memoria no recuerda en el momento.

Hay un nombre tamalamequero que me ha llamado poderosamente la atención por lo raro y por la sonoridad del mismo, al averiguar su origen con la persona que lo porta me dijo que no sabía, que le había preguntado a su padre y este le dijo que esa era el nombre de su bisabuelo y que por eso lo hizo bautizar así. Este paisano tiene el nombre «Trifonio» y recordando al primer rector del bachillerato de mi pueblo alcanzo a entender que significa «tres sonidos».

De tal suerte que a mi paisano le pueden mandar una carta desde el África y en el sobre solo basta anotar su nombre sin apellidos: Para Trifonio, y que como dirección solo necesitan escribir: América latina y de seguro que esa carta llega a Tamalameque, Colombia, directo al barrio Palmira donde vive Trifonio.

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