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Cayayá, un veterano de la guerra de Corea

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

Todo comenzó mucho antes, pero deseo situar el punto de partida de esta historia el día 25 de junio de 1950 cuando las tropas de Corea del Norte sobrepasan el paralelo 38, y con la ayuda militar de soviéticos y chinos vencen las tropas de Corea del Sur en la batalla de Seúl. Ese día marcó el destino de un tamalamequero, nacido a la orilla del Río Grande de la Magdalena, en el apacible caserío de Puerto Bocas.

Antonio Rivera Martínez, está cumpliendo 92 años, vive en un amplio lote en la sabana tamalamequera, en una pequeña casa rodeado de mangos que le brindan una fresca y agradable sombra, donde se sienta todas las tardes a descansar, mientras sonríe mirando las travesuras de sus bisnietos. Es un veterano de esa guerra ajena, donde los colombianos «defendían la patria» a más de 15.000 kilómetros de distancia de Colombia; parece absurda esta afirmación, pero bajo ese pretexto los reclutaron y los alistaron en el «Glorioso Batallón Colombia». El nuestro fue el único país latinoamericano que respondió al llamado de la ONU para apoyar a Corea del Norte. En el año 1951, el presidente ultra conservador Laureano Gómez, por razones de cálculo político involucró al país en una confrontación que en nada nos atañía, pero que, por razones de conveniencia política para él, que quería lavar su imagen de pro nazi, le caía como anillo al dedo.

Antonio Rivera Martínez pasaba su vida como un parroquiano más de mi pueblo ganándose la vida en las labores de pesca con atarraya en Puerto Bocas, viviendo con la sencillez elemental de nuestros pescadores de esa época y saliendo los fines de semana a la cabecera municipal de Tamalameque a libar con sus amigos el tan de moda Ron Caña que la licorera de Santa Marta fabricaba y comercializaba en los pueblos del Magdalena Grande. Bajo la euforia del trago y la alegría de la parranda, estaba lejos de saber que había una guerra en otro continente y que precisamente esa guerra era la primera confrontación de Estados Unidos y sus aliados, contra el eje comunista de Rusia, China y Corea del Norte, en lo que históricamente se ha denominado como «La Guerra Fría»; en la calma pueblerina nadie sabía que Colombia participaría con 3 fragatas y un batallón de infantería que recibiría el nombre de Batallón Colombia.

Antonio Rivera, al que todo el mundo en el pueblo apodaba Cayayá, por su tez negra y su graciosa forma de bailar (me dice que el apodo lo sacaron de una tambora que decía «negrito Cayayá con su cachembembe». Venía del bar de las putas con sus dos amigos, hablaban en voz alta de la belleza de las mujeres del puteadero que acababan de abandonar, no sospechaban que en la esquina estaba un camión Ford 600. Cayayá y sus amigos cruzaron la calle, en ese momento bajaron del camión los soldados, le dieron la voz de ¡Alto ahí! Y ellos sorprendidos y asustados se detuvieron al instante, inmediatamente fuero rodeados y subidos al camión, donde se encontraron con otros civiles que había sido capturados en los pueblos vecinos. A partir de ahí, comenzaron el periplo hasta un batallón donde les dieron entrenamiento militar y meses después fueron embarcados en aviones con destino a Corea «a pelear por la patria», Cayayá tuvo la fortuna de regresar vivo y sin heridas, contrario a los 196 muertos y desaparecidos y los 400 heridos en combate del Glorioso Batallón Colombia.

Volvieron llenos de gloria, les recibieron como héroes, les condecoraron con honores y luego le abandonaron a su suerte, muchos de estos veteranos, la mayoría, regresaron con traumas psicológicos y deambularon por las calles de las capitales en la más completa miseria. Cayayá regresó a su pueblo, aparentemente vino igual, pero cuando se emborrachaba se tornaba agresivo, golpeaba a las personas sin ningún motivo y salía huyendo a la carrera. Hoy lo he visitado, me cuenta con mucha dificultad algunos pasajes de su vida en el Batallón Colombia, habla despacio, mientras sus manos temblorosas tratan de pasar el botón por el ojal de su camisa abierta, me cuenta que «allá hasta los valientes lloraban», mira a lo lejos y se ríe y me repite varias veces que sentía miedo cuando el enemigo les disparaba y las balas les salpicaban de la tierra que saltaba al estrellarse a pocos metros de donde él se arrastraba. Su mente es un mar de confusiones, habla de Corea, pero pelea contra «los chusmeros» y en la batalla éstos le gritan «chulavita».

Hoy libra una nueva batalla, esta vez en su propio pueblo, al lado de sus familiares. Lucha contra la pobreza y el abandono del Estado y sobre todo con el alzheimer que día a día socaba su capacidad de recuerdo.

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