Inicio Opinión Don Catalino salió triste de El Contento

Don Catalino salió triste de El Contento

234
0
Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

Se puede comenzar este escrito diciendo que don Catalino Estrada salió muy triste de El Contento. Él vivía en ese corregimiento de Gamarra, tenía una forma de vivir resuelta, había sido inspector de policía; en un comienzo tuvo una modesta peluquería de pueblo donde atendía sus clientes mientras charlaban de la apacible vida de sus paisanos. Tuvo momentos de dificultad económica pero su empeño y decisión lo llevaron a solventar su mala situación desempeñando diferentes oficios, fue jornalero y hasta cazador de caimanes en el río Magdalena.

Era un liberal activo, como la mayoría de los pobladores de El Contento, su honradez y seriedad le granjeó la confianza y estimación de sus paisanos, compartía su tiempo entre la peluquería, la caza de caimanes y el pastoreo de algunas vacas que mantenía en un potrero de su propiedad. Le gustaba pasear el pueblo, jinete en uno de sus dos caballos, Timbre y Gitano.

Convivía con su esposa y sus 9 hijos. La prosperidad comenzaba a visitar su entorno, montó una tienda de abarrotes y aprendió rápido las lides del comercio de artículos de primera necesidad. Corrían los años 50s, lejos estaba de pensar que un acto de barbarie ocurrido en Bogotá pudiera tener tan brutal coletazo en todo el país.

El asesinato de Gaitán convulsionó el país, tiñendo de rojo sangre las ciudades y campos colombianos, la política ennegreció el alma de nuestra gente, liberales y conservadores explotaron en esos odios reprimidos que la clase política del momento había ido cebando en el corazón de los humildes colombianos. El Contento no fue ajeno a este problema, llegaron los llamados Chulavitas, policía política del régimen, que se imponía a sangre y fuego por todo el territorio nacional. Don Catalino era liberal, La Chulavita era conservadora, comenzaron sus problemas, era amenazado, hostigado, insultado y perseguido. Primero sutilmente y pasando los días se volvió más fuerte la persecución, tanto que en varias ocasiones levantaron a tiros la vivienda, donde dormía con su esposa y sus nueve hijos.

Una noche levantaron a patadas la puerta de su casa, le rastrillaban machetillas en el sardinel, le insultaban y lanzaban amenazas. Don Catalino por una rendija de la ventana observaba a los atacantes y alcanzó a conocer al que comandaba la turba Chulavita. Esa noche solo fue insultos y amenazas, pero al día siguiente mientras él estaba en el potrero pastoreando sus vacas, llegaron a su casa, amenazaron a su esposa e hijos y le dejaron el recado de que debía abandonar el poblado, de lo contrario matarían su familia. Doña Ana, su esposa, le mandó razón con un compadre; Catalino tomó una canoa y salió aguas abajo por el río Magdalena. Se radicó en la población de El Banco y luego llegó a Tamalameque, más tarde vino su esposa con su prole, ella tuvo que malvender la casa, la tienda, la pequeña finca, las vacas y a Timbre y Gitano los dos caballos orgullo de don Catalino.

Con el dinero de la venta de sus propiedades compró un camión y le puso el nombre El Contento, para no olvidar su origen, ese camión lo conducía uno de sus yernos, compraba maíz y transportaba algodón de la zona de Codazzi; supo trabajar con juicio y montó un pequeño depósito de abarrotes y una trilladora de maíz donde procesaba el maíz que compraba a nuestros campesinos y luego lo enviaba, ya procesado, para Barranquilla.

Montó una fabrica de hielo y proveía el hielo a los acaparadores de pescado para refrigerar los camiones con que transportaban loa peces para Valledupar y Bucaramanga. Se puede decir que logró nivelar su situación y vivía plácidamente con su familia en Tamalameque.

Por allá en los años 80 llegó una familia al pueblo, el señor venía nombrado para desempeñar un cargo nacional, un día recorriendo el pueblo entró al depósito de don Catalino y tremenda sorpresa para ambos. Se miraron y en segundos se les agolpó el pasado en sus mentes, el recién llegado solo atinó a decir a modo de saludo «¡Usted todavía sigue vivo don Catalino!» —a lo que con viveza y rapidez el tendero respondió— «¡Vivito y coleando!». El perseguidor había reconocido al perseguido y a su vez don Catalino había reconocido al que esa noche le levantó a tiros su casa en El Contento.

No se dirigieron más la palabra, la vida les dio tantas vueltas, y después de 50 años, terminaron viviendo el uno en frente del otro en un pueblo que no era el de ellos y en los mediodías era común encontrar al par de ancianos sentados en sus taburetes uno al lado del otro, sin dirigirse la palabra, haciendo la siesta al amparo de un árbol de “maíz tostado” que les cobijaba de los devastadores efectos del sol de plomo derretido que calienta a mi pueblo.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here