Inicio Internacional Especial de Venezuela: El rostro del destierro (Primera entrega)

Especial de Venezuela: El rostro del destierro (Primera entrega)

219
0

Por Diana Moreno Hernández
“No te vayas papá, no me dejes”, le dijo a Robinson Pérez de 23 años, su hijo de apenas 3 años, a medida que se alejaba con su maletín en mano mientras el joven en su mente repetía “no puedo voltear, tengo que ser fuerte por él”.

Es tan sólo un pequeño fragmento del testimonio de miles de venezolanos buscando un nuevo horizonte o simplemente intentando garantizar el alimento diario de sus hijos o familiares.
Es así como nunca imaginaron salir de sus hogares, donde al menos tenían seguro una cama, el calor de su almohada y una familia cerca para apoyarlos en los días malos.
Tampoco por sus mentes pasó jamás cruzar la frontera llevando consigo tan sólo aquello que cabe en una maleta, donde los sueños resultan más grandes que ella.
Para muchos bastante similar a lo que una vez ocurría cuando los colombianos emigraban a Venezuela a cumplir sus sueños, sólo que ahora el masivo éxodo en el vecino país hacia distintos países viene acompañado de un desmedido dolor y el cruel rostro de la miseria, donde cada grano de arroz cuenta a la hora de luchar.
En el caso específico de Robinson tomó la ruta hacia Colombia, donde pasados quince días y después de mucho caminar logró un empleo, sin embargo, debido a las extenuantes horas de trabajo como bodeguero donde salía incluso en la madrugada del día siguiente, decidió retirarse de allí y vender galletas en las calles.
Era vendedor de una señora quien prometía darle el 30% de la venta al final del día. A cada producto vendido le ganaba 300 pesos.
Sólo había trascurrido dos meses desde que salió de Venezuela, con miras a no regresar hasta que todo mejorara.
Poco a poco reunía para el arriendo pues llegó de Venezuela con muy pocos recursos; luego empezó a reunir para poder mandarle a su hijo para la alimentación, lo cual nunca pudo hacer. Fue en esos días cuando una unidad de migración Colombia lo deportó por no contar con pasaporte.
Sin distingo alguno de clase social, a los inmigrantes de tierras vecinas los trae acá el sufrimiento y los embates de una nefasta crisis generalizada, donde antes en el rico país Venezuela se aspiraba usar zapatos “nike” ahora conseguir una bolsa de basura con comida.

En el limbo
Gran parte de este drama es el de los jóvenes que pasaron largos años de estudio para un día poder contribuir al desarrollo de su país.
En la mejilla de estos mismos jóvenes (muchos de ellos con carreras prometedoras y muchos años en ejercicio: Ingenieros, periodistas, médicos, contadores, en fín…) una lágrima se deslizó un día inesperado, mientras la unidad de transporte que abordaban avanzó como presagio del nuevo camino (incierto) que les esperaba.
Atrás quedaban sus lacerados ideales para pensar en un mañana o al menos resolver el pan de cada día de sus seres queridos.
Quedaban atrás sus padres, hijos, abuelos, sobrinos, tíos, primos, etc (y sus celebraciones familiares). Muy pronto conocieron la falta que nos hace un compartir familiar o tan sólo un abrazo cuando el día no salió como se esperaba.
Un señor de la tercera edad, de origen colombiano, viajaba junto a una joven profesional que emigraba hacia Colombia de nombre Diana González. Este señor le contaba que en su juventud (20 años) había decidido experimentar la ansiada prosperidad del suelo venezolano.
Fue en el vecino país donde este colombiano formó su familia y montó un taller de herrería con lo cual todos estos años los sacó adelante.
Ahora la historia se repetía pero en sentido contrario. Le comentaba a la joven, que se vio obligado a dejar allá (en Venezuela) a toda la familia incluidos sus hijos y cerró el taller para empezar de nuevo una vida a sus 68 años en Bogotá- Colombia.
Fue así como Diana dejó por un momento de llorar, encontrando algo de consuelo.
Precisamente fue esta joven quien decidió emprender camino cerrando un ciclo a tan sólo ocho días de haber despedido en un cementerio en Venezuela a su hermana.
La vio morir de cáncer a sus 45 años, en un estado de dolor físico exacerbado. La respuesta: no encontró calmante inyectado para ella. Asegura que jamás olvidará la frase que le dijo su hermana dos meses antes de morir: “Yo también me voy del país, pero ya abrieron la frontera, te puedes ir primero que yo”.
Con la mayor fuerza interior que a diario ha logrado de la mano de Dios, Diana se mantiene en Colombia desde hace 8 meses y busca la forma de ayudar a la familia como hoy lo hacen muchos en esta tierra donde se le ha recibido a nuestros hermanos que tanto lo necesitan.
Cuándo le preguntan ¿por qué no te quedaste en Venezuela luchando por ella? Diana responde: porque tan necesarios son quienes se van como quienes se quedan.
En una próxima entrega analizaremos algunos cambios en la sociedad Colombiana a partir del éxodo venezolano, desde el punto de vista laboral y la respuesta gubernamental ante esta debacle que viven los venezolanos.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here