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Los muchachos del barrio

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

En el caribe colombiano, calcinados por el calor de plomo derretido que derrama a totumadas ese sol ardiente del trópico, en la vida cotidiana de sus pueblos se dan situaciones pintorescas que nos divierten y acompañan toda la vida, nutriendo el anecdotario y la oralidad picaresca que enriquecen nuestra cultura popular.

En San Miguel de las Palmas de Tamalameque, donde tuve la fortuna de nacer, se dan situaciones que al pasar del tiempo miro con detalle y le encuentro una gracia natural que me motiva a describirla para contársela a esos lectores que bondadosamente me leen y que hacen grato y posible este oficio de escribidor que me he impuesto a cumplir semanalmente. Hoy quiero hablarles de los muchachos del barrio, de cómo era nuestras vidas en el pasado, en un pueblo como el nuestro dónde uno creía y cree que nunca pasa nada, pero que en la realidad se dan un sinnúmero de situaciones que mantienen viva nuestra cultura y nuestras formas identitarias, sirviéndonos de anclaje con la tierra que nos vio nacer y a la que nos hemos negado sistemáticamente abandonar.

La cotidianidad diaria se daba, después de las rutinas normales de aseo y desayuno, salíamos para el colegio, llevando al hombro una mochila de tela que mamá había fabricado con los restos de jean que mi hermano mayor había dejado de usar, la mayoría usábamos ese tipo de mochila donde portábamos los cuadernos, los lápices y la cartilla Alegría de leer de acuerdo al grado que hacíamos en la escuela. Del colegio salíamos en horas de almuerzo y a las dos de la tarde regresábamos a la escuela a escuchar a nuestros maestros, de férula y rejo, que hacían milagros pedagógicos enseñándonos a leer, las operaciones matemáticas básicas y dándonos nociones de naturales y sociales, las lecciones de religión del Padre Gaspar Astete, Las 100 lecciones de Historia Sagrada y la Urbanidad de Carreño.

Terminábamos jornada a las cuatro de la tarde y después de vaguear un rato esperando el descuido de nuestros padres partíamos a las escondidas a bañarnos al pequeño río que pasa cercano al pueblo. Allá realizábamos juegos y competencias de natación y explorábamos sus alrededores, luego, siempre con la puntualidad que da el temor, regresábamos a sentarnos en el parque pequeño que está al lado del mercado, ahí contábamos y recontábamos las peripecias de nuestras aventuras en el río, y reíamos a mandíbulas batientes por una que otra circunstancia jocosa que se nos ocurriera,

Poco a poco comenzaban a marchar para sus casas, quedando únicamente los que vivían más cerca, generalmente nos quedábamos hasta las cinco y media de la tarde, siempre los mismos, Mileth, Fabían, Lucky, Tobías, Ismael y otros que no recuerdo, esperábamos sin ponernos de acuerdo a que pasaran unos personajes del pueblo que se enfurecían por los apodos con que les llamaban, a uno de ellos le decían Julio Nevao por su piel negra y brillante y a otro le decían Yacabó por el nombre de un pájaro de mal agüero.

Los veíamos venir a la distancia y seguíamos la charla como si no los hubiéramos visto. Ellos pasaban mostrando en forma amenazadora las piedras que llevaban en las manos, ni siquiera levantábamos la mirada, ignorándolos por completo, hasta que partían, calculábamos la distancia en que no podíamos ser agredidos por las piedras. Entonces soltábamos risita y comenzaban a llamarlos por sus apodos, provocando la ira de estos señores. Cabe aclarar que el más agresivo era Yacabó.

Esa tarde pasó como de costumbre, se paró frente a nosotros en forma amenazadora, nos insultó de mil maneras, utilizando las palabras más vulgares de su vocabulario y mientras escupía sus insultos, levantaba amenazadoramente los brazos con la intención de apedrearnos. Nosotros en silencio no contestamos sus insultos, sufrieron estoicamente los improperios que el rabioso Yacabó nos decía; éste al no obtener respuesta optó por irse y como siempre, calculamos la distancia y Mileth gritó con voz aguda: ¡Yaaaacabooooó! —Repitiendo su grito cada vez más fuerte—¡Yacabooooó!

Yacabó se voltea levanta el brazo y lanza la pedrada que cayó si fuerzas cerca de nosotros. De nuevo el grito ahora es Lucky: ¡Yaaaacabooooó!

Restalla la voz de trueno de Yacabó que lleno de ira contesta:

—¡Hijo de puta, tu mama en vez de parirte a ti debió parir un rollo de alambre de púas!— Y emprende carrera de regreso a apedrearnos. Emprenden veloz huida a esconderse en el monte alto que bordea los alrededores del mercado.  Yacabó lleno de desesperación repite su grito iracundo, ahora en plural: ¡Hijos de putas, la mama de ustedes vez de parirlos debió parir un rollo de alambre de púas!

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