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Magistrado y musageta

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

En ese trasegar propio de quienes nos hemos enamorado de la palabra y, que desde jóvenes optamos por ser escribidores de versos, que trasnochados, bajo la luz de la luna, con una especie de salabre en mano perseguiamos alborozados a esas noctilucas titilantes que los lingüistas llaman metáforas; en esa trashumancia uno conoce tantos otros locos, soñadores igual que uno o posesos delirantes que viven ese mundo parnasiano buscando la montaña de Fócide, para pedir licencia a Apolo y a las musas y así ser los iniciados en ese arte de oficiar la palabra.

De la mano de un sabanero, de nombre Carlos Guevara, medio loco también, que se había metamorfoseado de arreglador de radios a promotor de lectura, amante de la literatura infantil, buen conversador y mejor amigo, que prohijaba talentos jóvenes de la literatura, brindando con su amada Mayo, su mujer, las delicias gastronómicas de su tierra, siempre evocando con delirio su amada Plaza de Majagual en Sincelejo. En casa de Carlos era común encontrar un grupo de jóvenes des complicados, irreverentes, que atropellaban al mundo con sus versos, con sus pinturas y sus ocurrencias.

En ese grupo hice grandes amigos, que a través del tiempo y la distancia hemos conservado la amistad y cada vez que nos encontramos hablamos de versos y de lecturas, de arte, de política, de cultura en términos generales. Entre ese grupo de jóvenes conocí a un descendiente orgulloso de los Tupes, sandiegano irreverente, musageta romántico, de pluma exquisita que combina corrosivamente la mezcla tóxica del derecho con la poesía, poseedor de un sarcasmo risueño y cáustico con que emite sus opiniones, lector impenitente y gran conversador, llamado Pedro Facundo Olivella Solano.

Pedro o “Piter” como cariñosamente llamamos, sin abandonar su pasión por las letras, dando tumbos entre Julio Flórez y El Tuerto López, pasando entre Borges y Neruda, Pizarnik y Whitman, Baudelaire y Cortázar, Artaud y Rilke, y qué se yo tantos otros en su vida de trasnochos y lecturas, supo combinar estas con las de Ulpiano y Cayo, Sassoferrato y Coke, Kelsen y Hart, Dworkin y Nino y otros grandes juristas de la historia. Con ese equipamiento de versos y códigos enfrentó la vida del litigio como profesional exitoso del derecho e hizo tránsito a la carrera judicial como juez y ahora como Magistrado.

Su poesía está llena de metáforas que como flases captan paisajes, formas, vida y cotidianidad de su pueblo, sus versos brotan desde su interior y como fuego ignívomo calientan el panorama de las letras del Departamento del Cesar, convirtiéndose en un referente obligado para las nuevas generaciones de poetas cesarenses. Pedro Facundo fue uno de los fundadores de “Café literario Vargas Vila” de San Diego su pueblo natal, allí organizaron el Festival de poesía llevando poetas de talla nacional para que leyeran e interactuaran con los jóvenes del norte del Departamento, nutriendo de esta forma el deseo de ser poetas de una generación que todavía sigue con el cerebro puesto en los versos.

Con Pedro y otros jóvenes poetas compartimos muchos momentos, compartimos lecturas, generamos discusiones sobre literatura, coincidimos en recitales, y sobre todo charlas interminables como amigos, cultivando una amistad de muchos años, en las que hemos superado cualquier disparidad de criterios. También hemos quemado tiempo haciendo, como todo buen costeño, la mamadera de gallo, porque en el caribe colombiano nada amerita la solemnidad de rancias formas de etiqueta.

Fueron muchas las noches en que nos desvelamos leyendo poemas entre amigos, charlando de literatura y esas largas jornadas siempre tuvieron como aliciente la petición de alguno de esos locos, bardos de melenas alborotadas y de hirsutas barbas que entre risas pedía que por favor, había que humedecer la palabra y como por arte de magia aparecía, sin saber por dónde, una botella de güisqui (así lo escribe la RAE), o una de aguardiente, todo dependía de los estados económicos del que fungiera de anfitrión, generalmente era Piter, ya que litigaba y en el fondo de sus bolsillos siempre había unos pesos demás para “mojar la palabra” mientras la oficiábamos.

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