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Peluqueros y barberos

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

Hoy quiero referirme a los peluqueros de mí infancia, esos señores que habitaron en nuestro pueblo y al igual que los maestros que nos enseñaron las primeras letras, no podemos olvidar, pues las sesiones de corte de pelo que vivimos en sus locales, siempre estaban matizadas de anécdotas, charlas e historias que eran contadas por los mayores mientras nos motilaban.

El primero que recuerdo es un señor apellidado Ballestero, de baja estatura un poco regordete, de tez morena, con la cara ahoyada por un acné de su juventud, su peluquería funcionaba en una pieza humilde en una calle secundaria de mi pueblo, su único mobiliario consistía en un taburete de madera forrado con cuero crudo de vaca, donde sentaba al que estaba motilando, una pequeña repisa de madera improvisada con unas tablas clavadas en la pared de bahareque, unas bancas de madera sin espaldar donde nos sentábamos al lado de los pocos clientes y colgados en la pared un espejo manchado por el paso del tiempo, un almanaque con la propaganda de la única farmacia del pueblo y como adorno un cuadro de un hombre gordo de pobladas patillas y chaleco floreado contando unos fajos de billetes, y otro flaco y triste rumiando su desgracia. En la parte de debajo de la figura del gordo se leía en letras amarillas «Yo vendí a contado» mientras que debajo del flaco estaba la frase lapidaria «Yo vendí a crédito». El cuadro era una clara alusión a que los que aspirábamos a ser motilados no tendríamos la más remota posibilidad de un corte al fiado.

Por sus precios y ubicación era la barbería de los más pobres del pueblo, mantuvo su público conservando los precios más baratos da la localidad y ejerció su oficio hasta que sus asiduos notaron preocupados que cada día eran más los que se quejaban de los trasquilones en sus cabelleras cada vez que se motilaban con él, fue tan recurrente la queja, que el rumor corrió como la pólvora entre los usuarios de su barbería, hasta que se hizo evidente que el pobre peluquero estaba quedando ciego. Ballestero perdió la vista y deambuló por el poblado pidiendo limosnas, apoyado en un palo de escoba que le servía como bastón, hasta que un día uno de sus hijos vino a recogerlo y se lo llevó con rumbo desconocido.

Otro barbero de la época fue Rafael Vargas, un conservador de pocas palabras, que en su peluquería contaba con una silla mullida montada sobre una rueda de hierro con balineras que permitía girar a la persona que se motilaba, sus espejos eran relucientes y en una especie de tocador de madera color blanco tenía varias brochas de enjabonar, barberas filantes, maquinas manuales de cortar el pelo y una variedad de tijeras de diferentes tamaños, sus encopetados clientes esperaban turnos sentados en cómodas sillas, mientras hablaban de negocios. Los chicos que nos mutilábamos donde Ballestero, nos gustaba asomarnos a esta peluquería para, llenos de envidia, ver como motilaba a los hijos de los ganaderos y comerciantes y sobre todo observar que al terminar, les limpiaba el pelo cortado con un cepillo de cerda fina y después de pasarle la barbera por las patillas y la nuca les rociaba una loción mentolada con una especie de botella metálica conectada con una delgada manguerita a una pequeña pera de caucho que exprimía mientras pulverizaba un rocío refrescante y oloroso a su cliente, luego le espolvoreaba un talco también oloroso y le retiraba el paño con que lo cubría.

Don Pedro Vanegas, otro de los peluqueros, llegó de Chimichagua y montó una peluquería modesta donde fuimos a parar los clientes de Ballestero, las condiciones cambiaron notablemente, esta barbería tenía una silla que giraba, un tocador, con espejo limpio, varias tijeras, pero no tenía maquinita de motilar ni la bombita de loción mentolada. Don Pedro tenía como parte de su ritual, el de sobaren enérgicas pasadas a la barbera contra una penca de cuero grueso y liso que colgaba a un lado del espaldar de la silla de motilar, luego después pasaba la navaja por las patillas y la nuca y al terminar el corte le pasaba al cliente un terrón de alumbre de potasio por el cuello y las mejillas para desinfectarla, después le espolvoreaba con la mano unos pequeños puñados de polvo Rosita. Don Pedro mientras motilaba, escuchaba a los miembros del Directorio Liberal que hacía sus reuniones sentados en la banca de madera y taburetes de cuero del salón de la peluquería y uno, niño todavía, escuchaba sin comprender, entre sueños y bostezos, las arengas encendidas de Aristóbulo Pava y otros liberales de «racamandaca» que comenzaban a reorganizarse en torno al doctor Alfonso López Michelsen que recién fundaba el MRL (Movimiento Revolucionario Liberal. Otras veces, mientras nos motilaba, teníamos que oír aburridos la lectura de la editorial del periódico El Tiempo o El Espectador donde se analizaba la situación creada por la rebeldía política de López Michelsen que había roto el redil y la férula del Frente Nacional.

Creo que la generación de niños y jóvenes de esa época no fuimos conservadores por falta de dinero y en cambio fuimos liberales empujados por las trasquiladas de un peluquero cegato y las incendiarias consignas de Tobo Pava.

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