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Se Acabo el Recreo

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GLORIA ETERNA AL PROFESOR CAICEDO

Por: Óscar Hernán Pallares.

Al profesor Andrés Francisco Caicedo, alias profesor Caicedo, tuve la ocasión de conocerlo en dos etapas de mi vida. Como estudiante y como maestro colega del instituto nacional José María Campo Serrano.

En ambas, como estudiante y como colega, siempre vi en él a toda una persona humana. Visto a la distancia su semblante era de serio rayando en siempre bravo; engañosa manera de mimetizar la gran afabilidad y sentido del humor que desplegaba cuando uno se le acercaba y compartía con él. Siempre lo vi tratar con buenos modales, cortesía, consideración y empatía tanto a estudiantes como a profesores; ya a padres de familia ora a particulares que necesitaran de su atención. Con él se podía conversar horas porque horas lo escuchaba a uno. No tenía prisa o no la demostraba cuando lo atendía a uno. Puntual, disciplinado, ordenado, bien vestido. Respetuoso a cuál más, casi sin iguales.

Muchos pueden exaltar muchas cualidades del profesor Caicedo. Yo, por encima de su alto nivel cultural; a pesar de su dilecta forma de expresar sus sentimientos a través de la poesía; por mucho sentido de pertenencia para con la educación, el colegio, los estudiantes que tenía; por encima de su melomanía; o a raíz de todo eso y mucho más, lo que siempre admiré del profesor Caicedo fue su Don de Gentes.

No todo el mundo lo tiene. El profesor Caicedo nació con él y supo cultivarlo toda la vida. Es un tesoro lo que uno se encuentra cuando da con personas como el profesor Caicedo. Con carisma, con encanto, con chispa, inspirador de confianza, seguridad y buenos pensamientos.

La primera vez que lo traté como colega y compañero de trabajo fue el lunes 21 de noviembre de 1994, a las 11 de la mañana cuando junto a mi hermano Álvaro entrar al despacho del alcalde para tomar posesión como rector del Inst. Nal. José María Campo Serrano. Cuando la delegación camposerranista que estaba en el despacho salió, el primero que me saludó fue el profesor Caicedo. Su caballerosidad, su respeto, su lealtad, incluso su alegría por saludar al alumno de ayer como su rector a partir de ese momento me ratificó que su Don de Gentes seguía siendo su particular distinción.

¡Gloria Eterna a mi profe Caicedo!

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