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Un Cosaco en Tamalameque

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

Los cosacos son un pueblo ruso, famoso por sus bailes y tradiciones milenarias, su forma de vestir con chaquetas largas y elegantes de rojo colorido y altos sombreros de piel que le dan un signo de distinción, ocultando sus ímpetus guerreristas, son expertos guerreros, hábiles jinetes, diestros en el manejo del sable, la daga, el látigo y el cañón. No en vano los zares rusos se valían de ellos para repeler a sus enemigos.

    Tan interesante la vida de estas gentes que motivó a un ruso grande como León Tolstói a escribir su novela corta “Los cosacos”, obra celebrada en su época por personajes de la literatura rusa. En ella se describía a través de sus personajes el estilo de vida de éste pueblo guerrero mientras cuenta una historia de un amor fallido.

    Al parecer derivado de esta historia de Tolstói, la Editorial El gato negro, sello editorial fundado por Juan Bruguera Teixidó (Barcelona, 1885-1933) publicó una serie de comic, entre ellos uno llamado “El cosaco rojo” en cuya portada se anunciaba con ese nombre y una leyenda que decía “Aventuras de un héroe de la estepa”, esta edición después de varios comic con capítulos diferentes, termina cuando los herederos de Juan Bruguera deciden cambiar la razón social y le dan por nombre Editorial Bruguera.

    Acá en Colombia, se distribuían para la venta éstos comic, no los alcancé a leer y me cuentan que a propósito del comic y de la novela de Tolstói se comenzó a emitir una radionovela llamada “El cosaco ruso” en una emisora (mis fuentes no recuerdan cuál), serie ésta que era ampliamente escuchada y seguida por la clase popular del caribe colombiano. Sus oyentes y seguidores se reunían por las tardes en la puerta de la calle a comentar los sucesos de amores y sinsabores de dicha radionovela y a poner al día contándole exageradamente al vecino que por razón a su trabajo no había podido oírla.

   En mi pueblo uno de los más asiduos y entusiastas oyentes era Hernándo Moreno Covilla, en esa época, aprendiz de panadero, bailador de picós, carnavalero y festivo. Tal su afición por esta serie que en unos carnavales decidió disfrazarse de “Cosaco Ruso”, para ello fabricó su vestimenta, tomando como modelo la que veía en los comics de la Editorial Gato Negro, ese día bien acicalado al estilo cosaco, montó una yegua que le habían prestado para la ocasión y salió como jinete estepario caracterizado de Cosaco ruso. Fue tal la representación que todo el pueblo admiró su disfraz y, como ocurre siempre en el caribe colombiano, a partir de ahí, solo la señora Carolina, su mamá, lo llamaba por su nombre de pila.

    Cosaco como desde entonces es llamado, con su pasión al baile se convirtió en una especie de maestro entusiasta que enseñaba a los jóvenes las danzas del folclor colombiano, atreviéndose, incluso, a modificar algunos pases, adaptándolos a gustos y circunstancias donde se fuera a hacer la presentación (generalmente en los colegios de Tamalameque). Iniciando así una nueva faceta de coreógrafo doméstico que participaba en cuanta danza o fiesta se daba en el pueblo.

    Un cura golcondiano, español de mente abierta y espíritu libertario convocó a los jóvenes del bachillerato para formalizar un club juvenil que se encargara de hacer trabajo cultural en el pueblo, asistimos muchos jóvenes y se organizaron grupos de teatro, declamación poética y danza, en este último grupo, Cosaco tuvo la voz cantante y desde entonces, hace casi 50 años él participaba como director y bailarín de los grupos de danzas del pueblo, con un entusiasmo y una alegría digna de admiración, hasta que una isquemia cerebral le afectó su vida y lo sumergió en un mundo desquiciado y fantasioso que solo él ve  y comprende. Prisionero en ese mundo, Cosaco vive de sus fiestas del ayer, rememorando y distorsionando ese pasado que fue su vida, sólo habla de danzas y de tamboras, de los múltiples festivales de la depresión momposina donde ganó (se los ganó todos) por su baile de tambora y respeto a la tradición, exhibiendo siempre la riqueza folclórica de su estilo y el amor por la cultura de nuestros mayores.

    Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Cosaco se bailó la vida, la gozó a su manera y dejó como legado a las juventudes de mi pueblo el amor por la tambora, puedo decir, además, de eso estoy seguro, Cosaco se danzará la muerte pues lo de él siempre fue ritmo, danza, baile, goce, folclor y jolgorio. En Tamalameque estamos en mora de hacerle un reconocimiento en vida a quien puso a danzar a este pueblo y a la depresión momposina. ¡Cosaco eres grande!

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