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Un país de francotiradores

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila.

Nos aterra la inquietante situación de la Colombia actual, esa patria que nos vio nacer, y que se desangra día a día por culpa de la violencia que se ha instalado en campos y ciudades desde hace más de cincuenta años y que, de alguna manera, muchos se oponen a su erradicación debido a que han hecho de ella su forma de vida, lucrando del conflicto, en negocios turbios como despojo de tierra, usurpación, testaferrato, amenazas, secuestros, desplazamiento, desapariciones forzadas, falsos positivos y de manera más sutil, pero igual de criminal, la corrupción política y administrativa que desfalca año tras años muchos billones del erario, en detrimento de la salud, la educación, el bienestar social y obras de infraestructura para el pueblo colombiano.

Esta nuestra patria se ha convertido en un país de «francotiradores» donde dispara el soldado de la patria por orden de un General, dispara un guerrillero por indicación de su comandante, dispara un paramilitar por el capricho de su jefe de cuadrilla, dispara un sicario bajo indicaciones de un narco, un político, un contendor electoral, una esposa ambiciosa, un estudiante resentido, en fin, todos disparan balas que asesinan el futuro de Colombia, masacran la paz de nuestro pueblo, mutilan la heredad de nuestros hijos y nuestros nietos, haciéndonos vivir en una sociedad que asemeja una «corraleja humana».

Nos parecemos, como sociedad, a la ficción novelada del canadiense, nacido en Vancouver, Steven Galloway, en ese Sarajevo bajo fuego por parte de enemigos irreconciliables que se trenzan desde el comienzo de «El violonchelista de Sarajevo» en una encarnizada matanza a través de francotiradores que diezman la población disparando sin compasión desde la distancia y donde su hilo conductor es un músico, que se niega a abandonar sus convicciones y aficiones a pesar de la guerra brutal que golpea su ciudad.

En nuestro país ocurre igual, todos disparan, francotiradores que en forma letal desgarran la vida de Colombia, algunos lo hacen físicamente desde la guerra, con armas de verdad, asesinando soldados y policías, otros asesinan líderes sociales, ciudadanos inermes, otros asesinan ganaderos y comerciantes, todos lo hacen convencidos en tener la razón, claro está, azuzados y pagados por personas que desde la sombra incendian al país.

Hay otros francotiradores que disparan desde el Congreso de la República con proyectos de Ley como el Plan Nacional de Desarrollo o la Reforma a La JEP, o el aumento a la edad de las pensiones, o el recorte del subsidio a los servicios públicos, o las exenciones de impuestos a los acaudalados. También, los que desde el Senado y la Cámara disparan los fusiles de su odio contra el proceso de paz, señalando de mamertos a los que no piensan como ellos, colgándoles una especie de «sambenito», una señal, una marca que puede atraer a cualquier desadaptado a cometer el sicariato.

Hay otros que disparan desde twitter con trinos perversos de justificación de masacres sociales al referirse a infiltraciones de la Minga o como en el Senado con discurso de derecho y moral, mencionando que un filósofo, del que no dice su nombre, decía que “matar era censurado por el derecho, pero que había casos en que se podía matar por razones morales”. Dispara el ministro de defensa endilgándole a los indígenas del Cauca infiltración de grupos armados en su Minga, dispara Paloma Valencia, dispara La Cabal, dispara Petro, dispara José Obdulio, dispara Macías, dispara Claudia López, dispara Salud Hernández, dispara Claudia Gurisatti, dispara Uribe, disparan en sus editoriales, El Tiempo, El Espectador, Semana, los noticiarios de Tv, dispara desde las redes sociales una legión de colombianos, entre ellos, tú y yo, todos disparamos, en una guerra absurda de todos contra todos. En este país descuadernado todos tenemos como argumento para nuestra locura, la de disparar los unos en contra de la paz y a favor de la guerra, aunque lo nieguen y por el otro lado los que disparamos en nombre de la paz. Solo queda un violonchelista que interpreta, como en la ficción de Galloway, las notas magistrales de la partitura conocida como el «Adagio de Albinoni», ese es el expresidente Santos, empecinado en que la paz de Colombia prospere; pero hay un francotirador agazapado que dispara desde la Fiscalía, el que, con tiros de alta precisión, esta semana le disparó a la minga e impidió la reunión de Duque con los indígenas del Cauca.

Colombia necesita con urgencia más violenchelistas que hagan sonar al unísono sus instrumentos y que su música se escuche en los pueblos, ciudades y campos de las costas, montañas, selvas y valles de esta bella geografía para que la paz florezca por fin y para siempre.

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