Por: Diógenes Armando Pino Ávila

En temporada electoral el pueblo no amanece con canto de gallo, olor a café recién hecho, ni con el grito mañanero del vendedor de la carreta ¡plátano, yuca, banano! sino con parlante. Un carro destartalado pasa vomitando promesas a todo volumen, como si el progreso fuera un canto vallenato de moda que se pudiera poner en repeat. Detrás, bajo el sol sofocante, que no perdona ni a mamertos, ni a godos ni liberales, camina la verdadera comparsa de la democracia: las muchachas de las camisetas.

Hoy van de rojo encendido. Mañana aparecerán de azul impío, y si el jefe político consigue otro contrato, pasado mañana saldrán de cualquier color, porque aquí, en estos pueblos calurosos de la Costa, la ideología no se discute: se arrienda por día. No marchan por convicción. Marchan por los 40 mil. Desde lejos parecen brigadas políticas, de cerca son cuadrillas del rebusque.

Reparten volantes con promesas tan grandes que ni el Magdalena en invierno podría cargarlas: empleo, progreso, oportunidades, futuro. Palabras bonitas, bien impresas, en ese vademécum cínico y tramposo que vuelan de mano en mano hasta terminar dobladas debajo de un plato o sirviendo para abanicar el fogón.

Ellas no intentan convencer a nadie, porque a ellas mismas nadie las convenció. No saben quién es el candidato, ni qué propone, ni qué piensa., no le importa. Lo único claro es la instrucción logística:

—Caminen.
—Entreguen.
—No pierdan la camiseta, que esa sí la descuentan.

El del carro con el parlante, en cambio, sí cree en milagros. Grita que ese candidato salvará al pueblo, arreglará las calles, traerá empleo, acabará con los mosquitos, bajará el alumbrado público, obligará a la empresa del aseo a pasar diariamente el camión recolector de la basura y hasta pondrá a producir los sueños. El parlante habla como si la pobreza fuera un malentendido y no una costumbre nacional.

Mientras tanto, ellas caminan en silencio, pensando si con el pago del día alcanza para el arroz, el aceite y, con suerte, una libra de pollo. Ese sí es el único plan de gobierno que funciona: el empleo exprés por campaña. Porque ellas saben algo que el candidato jamás dirá en tarima: cuando pasen las elecciones, nadie volverá a llamarlas. Ni contrato, ni beca, ni puesto en la alcaldía.
Lo único seguro será la camiseta, que terminará convertida en piyama, trapo o uniforme de lavar en el patio.

Aquí la política no se vive como ideología sino como temporada de cosecha de mango. El líder local recluta muchachas, reparte camisetas y organiza rutas como quien arma una comparsa de carnaval, solo que sin  maicena ni bolsas de agua ni música alegre ni final feliz. No dirige campañas: administra necesidades y vende ilusiones. La gente recibe los volantes con la misma fe con que escucha las promociones del mercado: sabe que eso no es para uno, pero igual lo oye por si acaso cae un milagrito.

Y así pasan los días: el parlante promete, el sol castiga, las muchachas sudan y la política hace su teatro ambulante por los barrios donde nunca llega el progreso, pero siempre llega la campaña.

Ellas lo saben. El candidato lo sabe. El pueblo lo sabe. Y sin embargo el espectáculo sigue, porque en esta tierra la democracia no se mueve por ideas sino por urgencias. Aquí la pobreza es el combustible más barato del poder, y la esperanza se paga por jornal.

Al caer la tarde, cuando el parlante se calla y el polvo vuelve a su puesto, las muchachas regresan a casa con las camisetas sudadas que hay que lavar para volver a caminar mañana, llegan con el  dinero contado y la certeza clarita: el cambio prometido no viene en el volante. Pero la camiseta sí.

Y en este Caribe donde la política pasa como brisa caliente y la necesidad se queda como la humedad en la pared, esa termina siendo la única herencia segura de la democracia.

Artículo anteriorEl ¨Presidente Petro tiene lista nueva propuesta para ajuste del salario mínimo en Colombia
Artículo siguienteMuestra de semen dejó al descubierto a alias ‘El Feo’

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí