
El niño Alejandro de cuatro años, que hoy debería estar jugando con sus carritos, llegó en brazos de su madre María Claudia al Salón Elíptico del Capitolio Nacional a despedirse de papá Miguel Uribe Turbay, quien murió después de dos meses de permanecer en cuidados intensivos por un atentando perpetrado por un sicario menor de edad.
Alejandro aún no entiende de violencia, de odios ni rencores, y lo que menos quiere María Claudia es que por ahora su niñito descubra que afuera hay un mundo que mata.
Por eso al niño solo se le dijo, que su papito se fue al cielo a reunirse con mamita Nidia y abuelita Diana. Sin embargo, lo que su mami no pudo evitar, fue librarlo del dolor de ausencia que hoy taladra su corazoncito de Àngel.
En una escena muy íntima, como si solo existieran ellos, la familia de Miguel Uribe se dejó abrazar del cariño de esa otra mitad del mundo que no mata, y le dieron rienda suelta a sus sentimientos.
El pequeño Alejandro, se aferraba su abuelo Miguel; transmitiéndole su sentir. Luego con una rosa blanca en la mano se dejó llevar en esa nube de dulzura que son los brazos de mamá, a su último encuentro con papito; a darle un último beso (a su féretro) y decirle chao papi, te amo con mi alma, vuela hacía Dios.
Ese sublime y doloroso momento transportó a los presente a una imagen de 34 años atrás; cuando el pequeño Miguel Uribe Turbay, fue en los brazos de su padre a darle el último adiós a su madre Diana.
En ese instante Miguelito no sabía de venganzas, de odio, ni rencores; tampoco sabía que allí, no muy lejos de él, existía otro mundo, el mismo que esperó por él un tercio de siglo para no solo acabar con su vida; sino también traspasar con una daga de dolor, el alma de una nación.





