Por: Diógenes Armando Pino Ávila

Hay un tema que le ha metido mucho ruido a la campaña presidencial colombiana: los llamados debates. Los reclaman los medios tradicionales y algunos candidatos; todos quieren debatir y eso, en principio, no es malo. El debate sano, razonado e informado sobre los problemas del país y sobre los programas de gobierno con los cuales se enfrentarán esos males estructurales que aquejan a Colombia, debería ser un ejercicio democrático enriquecedor. Qué bueno sería que ese debate se diera con sinceridad, sin impostaciones. Pero conociendo como conocemos el historial político y mediático de algunos sectores, existen serias dudas de que esos escenarios sean realmente éticos y honestos.

La banalidad con que ciertos medios tradicionales manejan las entrevistas a algunos candidatos deja al descubierto el sesgo ideológico de muchos de esos espacios, alineados con determinadas corrientes políticas y con la línea editorial del medio. Lo que debería ser una entrevista periodística termina convertido, muchas veces, en un publirreportaje vergonzoso donde se intenta presentar una imagen prefabricada del candidato “correcto”, mientras al contradictor se le acorrala, se le interrumpe o se le provoca para llevarlo al terreno de la confrontación emocional.

Al parecer, ese mismo modelo sería trasladado a los debates presidenciales: remedo de debates donde algunos candidatos, acompañados de moderadores claramente inclinados hacia ciertas posiciones políticas, intentarían convertir el escenario en un tribunal contra quien no representa sus intereses ideológicos. No sería un intercambio de ideas ni de propuestas para el país, sino una puesta en escena diseñada para producir titulares, escándalos virales y frases de impacto para las redes sociales.

Entonces se habla durante horas de encuestas, de quién sube o baja algunos puntos, de quién “tocó techo” o de quién se desploma. Se construyen narrativas mediáticas encaminadas a influir en la percepción del elector, mientras temas fundamentales quedan relegados o tratados superficialmente. Poco o nada se profundiza sobre los grandes escándalos de corrupción, sobre las investigaciones relacionadas con los llamados “falsos positivos”, sobre la captura del Estado por intereses económicos y políticos, o sobre las profundas desigualdades sociales que históricamente han marcado al país.

Pero hay algo todavía más grave: el país rural nunca aparece realmente en los debates. Colombia parece reducirse a Bogotá y a las disputas de las élites políticas en los estudios de televisión. Mientras tanto, las regiones apartadas continúan invisibles. No aparecen los campesinos que producen los alimentos que llegan a las ciudades; no aparecen los pescadores del río Magdalena; no aparecen los jóvenes rurales que abandonan la escuela porque sienten que el futuro jamás llegará hasta sus veredas; no aparecen los pequeños agricultores asfixiados por la falta de créditos, las malas vías y el abandono estatal.

Sería saludable para la democracia colombiana un debate donde se hablara seriamente del centralismo excluyente que durante décadas ha condenado a la Colombia profunda al atraso y al olvido. Un debate donde se discutiera la legalización de la tierra, la producción de alimentos, la industrialización del país, el acceso digno al agua potable, la crisis de la educación pública y la necesidad de generar oportunidades reales para millones de jóvenes.

También debería debatirse con profundidad el problema del narcotráfico y sus vínculos históricos con sectores armados y políticos; el estado crítico del sistema de salud y los intereses económicos que impiden una transformación estructural; así como la grave crisis de legitimidad de la justicia colombiana y la urgente necesidad de reformarla para evitar su manipulación política.

El país necesita debates, sí, pero debates que dignifiquen la inteligencia de los ciudadanos. Debates donde las preguntas no sean emboscadas, donde el moderador no actúe como militante político y donde las regiones no sean simples decorados folclóricos utilizados únicamente en tiempos electorales. Porque mientras en los grandes canales se pelean por los titulares y las tendencias digitales, en las riberas del Magdalena, en los pueblos del Caribe profundo, en las montañas y campos olvidados de Colombia, todavía hay millones de personas esperando que alguien los nombre, los escuche y los convierta, por fin, en parte central de la conversación nacional.

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