Por: Diógenes Armando Pino Sanjur.

El pueblo colombiano eligió, en una de las elecciones más reñidas de su historia, al abogado Abelardo de la Espriella como Presidente de la República. La diferencia frente a su contendor, el senador Iván Cepeda, fue cercana al 1 % de los votos, incluso menor a la registrada en la histórica elección de 1970 entre Misael Pastrana Borrero y el general Gustavo Rojas Pinilla.

Más allá del resultado, la jornada electoral dejó una lección para la democracia colombiana. Los pronósticos que advertían una crisis institucional, una supuesta perpetuación en el poder o escenarios de violencia generalizada no se materializaron. Por el contrario, las elecciones transcurrieron con tranquilidad, los resultados fueron aceptados sin alteraciones significativas del orden público y se reafirmó la fortaleza de las instituciones democráticas. Sin embargo, también quedó en evidencia la profunda polarización política que atraviesa el país.

Precisamente por ello, el presidente electo tiene la responsabilidad histórica de liderar un proceso de reconciliación nacional. La estrechez de los resultados demuestra que Colombia está dividida y que la construcción de consensos será indispensable para garantizar la gobernabilidad. Gobernar implica representar tanto a quienes respaldaron su proyecto político como a quienes optaron por una alternativa diferente.

Felicitamos al doctor Abelardo de la Espriella por la confianza depositada por millones de colombianos para dirigir los destinos de la Nación durante los próximos cuatro años. Terminó el tiempo de la campaña y comienza el de los resultados. Nuestro deseo es que Dios lo ilumine y le conceda la sabiduría necesaria para convertir en realidad las propuestas presentadas durante su aspiración presidencial y materializar el denominado “Milagro de los Nunca”.

Los desafíos son enormes. Colombia requiere acciones efectivas para enfrentar la violencia criminal, la corrupción, el narcotráfico y las economías ilegales. Igualmente, resulta indispensable preservar el respeto por la Constitución, la separación de poderes, la independencia judicial y los principios del Estado Social de Derecho, pilares fundamentales de cualquier democracia.

La búsqueda de la paz tampoco puede desaparecer de la agenda nacional. Si bien es necesario fortalecer la Fuerza Pública y combatir con firmeza la extorsión y el crimen organizado, también se deben promover soluciones que permitan reducir la violencia y recuperar la seguridad en los territorios.

En materia social, urge recuperar la confianza en el sistema de salud y garantizar una atención eficiente, humana y digna. Asimismo, deben fortalecerse los programas sociales y las estrategias destinadas a combatir la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades. La presencia del Estado debe sentirse en cada rincón del país mediante inversión social, infraestructura y desarrollo.

La educación debe seguir siendo una prioridad. Garantizar el acceso a la educación superior, mejorar la infraestructura educativa, incorporar nuevas tecnologías y fortalecer bibliotecas y laboratorios constituye una apuesta estratégica para el futuro. Del mismo modo, el campo colombiano, las mujeres, la cultura y el deporte requieren respaldo permanente para impulsar un crecimiento más equitativo.

Las expectativas son altas. Los colombianos esperan resultados concretos y transformaciones que respondan a las necesidades reales de la población. Si las promesas se convierten en hechos, Colombia podrá avanzar hacia una etapa de mayor prosperidad, seguridad y estabilidad. De lo contrario, continuará enfrentando los mismos problemas estructurales que han limitado su desarrollo.

La campaña terminó. Ahora comienza el verdadero desafío: gobernar para todos los colombianos.

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