Por: Diógenes Armando Pino Ávila

En el Caribe colombiano tenemos una virtud, y es que nos entusiasmamos con algo, lo magnificamos y cuando se nos pasa el entusiasmo, ese algo termina convertido en defecto: nos enamoramos con facilidad de todo lo que llega de afuera.

Si el acento viene con pasaporte extranjero, lo escuchamos con reverencia; si el libro fue escrito por un europeo, suponemos que debe ser profundo; si la moda nació en otro continente, enseguida queremos adoptarla. En cambio, cuando el conocimiento nació a orillas del río, cuando la música brotó del cuero de un tambor o de la garganta de una cantadora, solemos llamarlo, con cierto desdén, «folclor», como si fuera una curiosidad exótica, algo pintoresco y no una forma legítima de conocimiento.

Ese complejo no nació por generación espontánea. Durante buena parte de nuestra historia, nos enseñaron que la cultura venía de Europa y que sus autores portaban nombres raros, difíciles de pronunciar: Los filósofos eran alemanes, los escritores verdaderos eran españoles o franceses, la música refinada era la clásica y el pensamiento serio hablaba en idiomas tan enrevesados, que nuestros abuelos jamás escucharon. Lo indígena y lo afro quedaron arrinconados en espacios reducidos del territorio, como expresiones menores, casi vergonzantes.

Después apareció otra centralización, esta vez, menos oceánica, con olor a cordillera andina pero igual de eficaz. La cultura dejó de venir exclusivamente de Europa y empezó a bajar desde lo alto de la montaña, de Bogotá hacia las regiones. El centro definía qué era cultura y lo “otro” apenas merecía el calificativo de «folclor». Así crecieron varias generaciones de niños costeños bailando bambucos, pasillos, guabinas, torbellinos y hasta joropos en las veladas escolares, mientras que la cumbia, el porro, el fandango, la tambora o los bailes cantados esperaban turno afuera del salón, como invitados sin boleta. (de esto ultimo fui testigo en mi pueblo)

La paradoja era deliciosa, si no fuera tan triste: en la Costa aprendíamos primero las tradiciones ajenas y después, con suerte, descubríamos las nuestras. Pero la historia también sabe corregir sus propios excesos. Con el paso del tiempo, las regiones comenzaron a reconocerse como sujetos de cultura y no como simples consumidoras de la cultura de otros. El Caribe volvió a mirarse al espejo sin pedir permiso. El vallenato, la cumbia, el porro, la tambora, los bailes cantados y tantas otras manifestaciones recuperaron el lugar que nunca debieron perder. Los carnavales, las fiestas patronales, las comparsas y los encuentros populares volvieron a convertirse en escenarios donde la memoria colectiva respiraba pletórica de vida.

Sin embargo, muchas expresiones ya estaban al borde del olvido. Entonces aparecieron los festivales. Y hay que decirlo con absoluta justicia: los festivales hicieron un trabajo extraordinario. Gracias a ellos muchos pueblos se reencontaron con su propia identidad. Permitieron que los jóvenes conocieran manifestaciones que nunca habían visto, facilitaron el intercambio cultural entre comunidades y despertaron un legítimo orgullo por lo propio. En la Depresión Momposina, por ejemplo, el Festival Nacional de Tamboras de Tamalameque marcó un antes y un después en la recuperación de esta tradición. Los festivales salvaron buena parte de nuestra memoria.

Pero ahora corremos el riesgo de creer que un festival reemplaza un proceso cultural. Y ahí comienza el problema. Hoy abundan alcaldes convencidos de que la identidad se administra por contrato. Organizan tres días de tarima, cuatro orquestas, cinco discursos, seis fotografías para el informe de gestión y siete publicaciones en redes sociales… y consideran cumplida la misión histórica de salvar la cultura. La cultura, mientras tanto, sigue esperando. Porque la identidad no se conserva con una tarima de fin de semana. Se construye todos los días.

Las redes sociales, internet y las plataformas digitales no son el enemigo. El verdadero enemigo es el divorcio que existe entre educación y cultura. Mientras el celular educa durante ocho horas diarias y la escuela apenas dedica unos minutos al patrimonio local, la batalla está prácticamente decidida.

Seguimos creyendo que formar un grupo de danza basta para garantizar el relevo generacional. Se enseña una coreografía, se uniforma a los muchachos, se presenta el espectáculo, se toma la fotografía oficial y asunto resuelto. No. Eso produce bailarines. No necesariamente produce herederos culturales.

Un joven puede ejecutar perfectamente una tambora sin saber por qué existe; puede bailar un chandé sin conocer quién lo creó; puede cantar un son de negro sin comprender la historia que contiene; puede vestir un atuendo tradicional sin entender el territorio que representa. Eso es aprender movimientos. No identidad.

La verdadera formación cultural comienza cuando el niño entiende por qué esa música nació junto al río, quiénes fueron los sabedores que la mantuvieron viva, qué significan sus cantos, cuáles eran las costumbres asociadas a esa práctica y por qué sus abuelos la defendieron con tanto celo. No basta con enseñar a bailar. Hay que enseñar a pensar lo que se baila. No basta con aprender una melodía. Hay que comprender la historia que esa melodía cuenta. Porque una cultura que solo se interpreta termina convertida en espectáculo. En cambio, una cultura que también se comprende se convierte en patrimonio vivo.

Y aquí aparece la mayor ironía del Caribe contemporáneo. Nunca habíamos tenido tantos festivales, tantos grupos folclóricos, tantos videos en redes sociales y tantas declaratorias patrimoniales. Al mismo tiempo, nunca habíamos visto tantos jóvenes incapaces de explicar el origen de la música que interpretan o el significado de la tradición que representan. Estamos aprendiendo a vender identidad sin tomarnos el trabajo de conservarla. Corremos el riesgo de convertir nuestras expresiones culturales en simples productos turísticos: muy bonitas para exhibir, muy rentables para promocionar y cada vez menos comprendidas por quienes nacieron dentro de ellas.

El Caribe no necesita más festivales aislados. Necesita escuelas donde la cultura local sea tan importante como las matemáticas; casas de cultura que formen durante todo el año y no únicamente cuando se aproxima el festival; administraciones que entiendan que la identidad no se improvisa en una licitación; gestores culturales que formen ciudadanos antes que artistas.

Nuestros juglares, cantadoras, tamboreros, decimeros y sabedores no pueden seguir siendo invitados de honor únicamente cuando hay inauguración y micrófonos. Deben convertirse en maestros permanentes de las nuevas generaciones. Porque la identidad no desaparece el día que deja de bailarse. Desaparece el día que deja de comprenderse.

Y ese día, aunque todavía haya tambores sonando en la plaza, lo único que estaremos celebrando será el funeral silencioso de nuestra propia memoria.

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