
Por: Diógenes Armando Pino Ávila
Desde hace algunos años vengo observando una moda que, en nuestros pueblos, se ha ido convirtiendo en enfermedad colectiva: acabar con los parques para convertirlos en plazas. Primero los planos, luego las máquinas, después se cortan los árboles —cuando no todos— y al final aparece la gran tarima, símbolo definitivo de que el pueblo entró en la modernidad. Porque, según parece, para demostrar que ya somos ciudad hay que tener mucho cemento. Y si brilla cuando le pega el sol, mejor.
La moda arrancó en Valledupar y, como siempre, la capital se volvió ejemplo para los municipios. Empezamos a embaldosar nuestros parques sin pensar en un pequeño detalle: seguimos viviendo en el Cesar, donde el sol no es un fenómeno meteorológico sino un personaje de la vida cotidiana que a las diez de la mañana ya lo tiene a uno preguntándose qué hizo para merecer semejante castigo. Y en medio de ese calor, decidimos quitar los árboles.
Porque una plaza y un parque no son lo mismo. La plaza es el lugar de los grandes acontecimientos: fiestas, actos públicos, mercado, discursos y, cada cierto tiempo, un candidato prometiendo que ahora sí llegó el progreso. El parque, en cambio, no necesita que ocurra nada extraordinario: uno va a sentarse, a conversar, a mirar pasar la gente, a encontrarse con el amigo que no veía hace veinte años, a hablar mal del alcalde y, si resulta pariente de uno, a hablar bien también.
El parque era nuestra sala de recibo colectiva: los viejos con sus conversaciones interminables, los muchachos buscando novia, los niños corriendo. Un espacio social donde el pueblo se reconocía a sí mismo. No digo que las plazas sean malas —tienen una historia enorme, desde el ágora griega hasta las nuestras—, pero una cosa es tener una plaza y otra muy distinta convertir el parque en una. Porque cuando quitamos los árboles no hacemos una simple remodelación: cambiamos la forma en que la gente usa el espacio. El festival dura unos días; la tarima puede quedarse meses, hasta que la revive la próxima campaña electoral, con sus parlantes y promesas, mientras el pueblo vuelve después a quedarse con la plaza vacía. Solo que el sol sigue ahí. Ese sí no pierde elecciones.
Y mientras nosotros seguimos en esa carrera, la propia Valledupar parece estar recuperando poco a poco sus árboles, como si alguien hubiera redescubierto lo que nuestros abuelos ya sabían sin estudiar urbanismo: un árbol sirve. Da sombra, refresca, embellece, trae pájaros y —lo que se nos ha ido olvidando— permite que alguien se siente debajo de él a conversar. El viejo palo de mango de la Plaza Alfonso López era un testigo de todo eso: festivales, músicos, enamorados, derrotas electorales y promesas que se evaporaron antes que el rocío. Los árboles no hablan, pero recuerdan. Y cuando desaparece uno viejo, se va con él un pedazo del paisaje emocional del pueblo.
No se trata de escoger entre parque o plaza: necesitamos las dos cosas. Plazas para la vida cívica y las celebraciones; parques con sombra y bancos, para estar sin necesidad de tarima, cantante ni amplificador a todo volumen. Podemos embaldosar una plaza sin convertir todos los parques en plazas, construir una tarima sin sacrificar un árbol centenario, celebrar un festival sin condenar al pueblo a vivir el resto del año sobre una plancha de cemento. Nuestros abuelos no necesitaban un estudio de impacto ambiental para saber dónde sentarse en una tarde de calor: buscaban la sombra, y casi siempre la encontraban debajo de un árbol.
Queda una pregunta que debería hacerse cualquier alcalde antes de tumbar un parque: cuando termine el festival, cuando se vaya la orquesta y el político regrese en cuatro años a pedir el voto, ¿qué le vamos a ofrecer al ciudadano que solo quiere sentarse a conversar?
Ojalá no tengamos que responderle: —Una plaza muy bonita, señor. Pero vaya temprano, porque después de las diez de la mañana se pone caliente.


