José de Dios Quintero Patiño

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Vacaciones en pandemia

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

    Según el calendario escolar, estudiantes y profesores salieron al disfrute de vacaciones. Escuchar esa palabra sonaba a música, a alegría a jolgorio, eso era en otra época, los niños se arremolinaban en torno a la profe contando sus imaginarios viajes o su sueño de visitar ciudades, de bañarse en el mar. Algunos lo decían seguros de su dicho, sus papás les habían prometido ese viaje y de seguro se lo cumplirían; otros niños solo mostraban con palabras su ilusión o con mentiras creativas ocultaban su sentimiento de vacío, ya que sus padres no tendrían cómo darle el viaje de vacaciones o algunos de éstos niños ni siquiera vivían con sus papás.

    En el bachillerato los muchachos el último día de clases, mostraban una euforia inusual, asistían a las clases llenos de alegría, mostrando con inquietud el deseo de que sonara el timbre del descanso. Cuando sonaba la señal del descanso se levantaban como impulsados por un resorte y en algarabía salían al patio para arrojarse maicena unos con otros, algunos más osados compraban bolsas de agua en la tienda escolar para mojar a sus compañeros, ante los gestos adustos del prefecto de disciplina o los profesores presentes.

    Esa alegría, ese desorden, ese festejo pasó a ser cosa del pasado. La pandemia arruinó ese tipo de alegrías, en año y medio de confinamiento, de clases virtuales, alumnos y profesores no disfrutan como antes, de ese tiempo de descanso y regocijo llamado vacaciones. El estudiante siente que cesaron las clases virtuales, esas sin contacto con compañeros y profesores, esas clases que en algún momento habían roto la rutina escolar, del salón, del pizarrón, del discurso del profesor, de la disciplina acostumbrada. A lo mejor era un ambiente que en cualquier momento le aburría, le incomodaba, pero sus compañeros, el parche, los mantenía presente y entre mamadera de gallo hasta disfrutaban la clase.

     Llegó la pandemia y acabó con la tradición rutinaria del salón, pero también distanció a los compañeros, desintegró el parche y pasamos a la virtualidad, donde estudiantes y profesores se relacionaban por esa pantalla que antes atraía pero que después de año y medio, comienza a cansarlos también, a aburrirlos y a añorar el regreso a la presencialidad. Desafortunadamente las condicione no son propicias y aunque el gobierno como retaliación al apoyo que Fecode le hizo al paro, situación agravada por la expresión de uno de los directivos que habló a nombre propio de la política.

   Hay una nueva oleada de la pandemia, el virus ha regresado, más invasor, más agresivo, más letal y la vacunación en el país marcha en forma lenta, no ha cubierto la totalidad de la población, peor aún no se han vacunado los jóvenes.  Ello de por si es un enorme riesgo, afortunadamente padres de familia y profesorado, están conscientes del riesgo y rechazan la presencialidad hasta tanto no se vacunen a la totalidad de la población o al 70 por ciento que pueda, según los científicos, posibilitar la inmunidad de rebaño.

     De todas maneras, ya estamos en vacaciones, en vacaciones en casa, alumnos y profesores descansan de la rutina de la virtualidad, están a la espera de lo que pueda pasar, atentos a lo que diga el gobierno y confrontándolo con lo que dicen los medios internacionales y alternativos, ya que la prensa tradicional solo sirve de caja de resonancia a lo que el gobierno diga, sin importar si es verdad, o medias verdades que es lo mismo que una mentira.

     Para la muestra un botón, el gobierno amplió el lapso entre una dosis de vacuna y el refuerzo, aduciendo que hay estudios científicos internacionales que lo abalan, sin embargo, el laboratorio Pfizer que produce la vacuna se sostiene en que el refuerzo efectivo ha de hacerse a los 21 días, la gente que ya no cree en el dicho del gobierno intuye que hay falencias en el suministro y que por tanto amplían el termino de días para la segunda dosis.

     Ya los padres de familia y profesores saben que el conocimiento se recupera, se amplía con la lectura y el estudio, pero la vida de un niño o de un joven no se recupera jamás.

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